
Ayer mi abuela me acompañó hasta la pasarela que cruza la carretera de Colmenar, para que no me perdiera. Mi abuelo, que insistía en que iba a atravesar las vías del tren, unas que existen sólo en su fantasía de un mundo mejor que está a punto de acabar, tuvo que sentarse en un banco a mitad de camino. Ahí fue cuando mi abuela y yo recuperamos el paso.
Anduvimos por un sendero de tierra muy estrecho, pegado a las pistas de tenis y a la piscina todavía cerrada, con el sol cayendo sobre el horizonte en una vertical perfecta que ablandaba nuestros ojos. Cuando llegamos al final del camino y tuve que seguir sola, mi abuela me abrazó muy fuerte, como si me fuera a la guerra, y agitó la mano hasta que se le cansó el brazo y decidió darse la vuelta para volver a casa, tan repentinamente, que me pareció que de cuajo, a mi abuela se le había olvidado que era abuela, y a su mano agitada que poseía un brazo.
Atravesé el puente y seguí buscándola con la vista. Conseguí encontrar un pegote del color de su chaqueta que se fundía despacio con el calor de la tarde y empecé a escuchar en el aire su nombre, el mismo que empieza a lucir mi recién nacida hermana.
Anduvimos por un sendero de tierra muy estrecho, pegado a las pistas de tenis y a la piscina todavía cerrada, con el sol cayendo sobre el horizonte en una vertical perfecta que ablandaba nuestros ojos. Cuando llegamos al final del camino y tuve que seguir sola, mi abuela me abrazó muy fuerte, como si me fuera a la guerra, y agitó la mano hasta que se le cansó el brazo y decidió darse la vuelta para volver a casa, tan repentinamente, que me pareció que de cuajo, a mi abuela se le había olvidado que era abuela, y a su mano agitada que poseía un brazo.
Atravesé el puente y seguí buscándola con la vista. Conseguí encontrar un pegote del color de su chaqueta que se fundía despacio con el calor de la tarde y empecé a escuchar en el aire su nombre, el mismo que empieza a lucir mi recién nacida hermana.